Anoche, con palabras distintas y en voz alta, expresaste la pregunta que viene taladrando silenciosamente mi cabeza desde aquel día en tu casa.
- ¿Hasta qué punto alimentar algo que no sabés si funciona? - dijiste.
Paradójicamente una posible respuesta aparece por fin en mi mente. Como si hubiera sido necesario que las palabras fueran pronunciadas y dirigidas a un otro para encontrar la solución. Te escucho hablar y pasan ante mis ojos imágenes viejas, una oleada de desesperanza se instala en mi estómago y me produce esa sensación rara que produce en el cuerpo el despegue de un avión. Por un segundo la idea de un "ya sabía que esto iba a pasar", lleno de enojo y de arrepentimiento, quiere instalarse en mi. Te escucho en silencio, me muerdo los labios y ahora que encontré la respuesta, que siempre estuvo ahí tan obvia, quiero gritártela para que entiendas. Para que entiendas, antes de que sea tarde, eso mismo que L. no entendió nunca, eso mismo que yo no estuve entendiendo. En el tiempo que lleva un latido, pasó todo esto por mi mente. Hasta que dijiste, contestándote solo y sonriendo:
- No sé y por eso lo sostengo.
Una oleada de cálida luz me recorre. Ya no tengo miedo, por fin me doy cuenta: tendrás una cantidad horrorosa de cosas en común con L. Pero no sos él y no tomás las decisiones como él. Por fin, se rompió el círculo.
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