Estos últimos años habías perdido algunas cosas en el camino: la memoria, la motricidad fina, la energía y, eventualmente, la razón. Pero lo que nunca perdiste fueron la ternura y el buen humor. Todos los que tuvimos el honor de cuidarte aquellos días, en los que aún estabas consciente, no dejábamos de sorprendernos por tu buen ánimo, tu docilidad, aún con la picardía inquebrantable de piropear a mi vieja.
Después entraste en esa especie de sueño profundo y ya no volviste. Quiero creer que te fuiste entonces; que tu alma fue libre antes que tu cuerpo. Y me alivia saber que en nuestra última conversación, aquel 26 de marzo, te dije que soy feliz con mi vida y vos me contestaste: "que alegría hijita, eso me deja tranquilo". Después volviste a la inconsciencia y yo perdí la esperanza.
Sabiamente perdí de la esperanza, porque ya no hubo retorno.
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